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"la sagrada familia", Ercole Lissardi


Desde que escuché y vi por primera vez al autor uruguayo Ercole Lissardi en la Feria del Libro pasada, tuve ganas de leerlo. Él sostenía que la de escritor era como cualquier otra profesión, aunque en cuanto a su método de escritura afirmó: “Nunca sé lo que voy a escribir, pero cuando apoyo el lápiz, él sí sabe”. En “La sagrada familia”, al igual que en novelas anteriores, Lissardi no habla del amor, pero tampoco se trata de pornografía. La literatura de Lissardi es erótica. Describe con precisión el deseo misterioso que invade a las personas más allá de cualquier explicación razonable, el desenfreno y la atracción irresistible que hace olvidar cualquier convención social, moral y religiosa. En este libro, un escritor sufre un fracaso amoroso intolerablemente doloroso y decide abandonar todo (incluso su profesión) para irse a vivir a Pueblo Yéregui, lugar del que nada sabe. Allí intentará aprender algo, recuperar algo, descubrir de dónde proviene una lujuria inexplicable y develar el misterio de la anterior propietaria de la casa que ocupa. Lissardi sin dudas sabe lo que hace: con implacable ironía atrapa, perturba, remueve conciencias y se ríe de la hipocresía.

During the last Book Fair, I heard the Uruguayan author Ercole Lissardi say: “I never know what I’m going to write, but when my pencil touches the paper, he does.” In “The holy family”, as in his previous novels, Lissardi doesn’t talk about love, but he doesn’t write pornography either. His literature is erotic. He precisely describes the mysterious desire that may invade a person beyond any reasonable explanation, the irresistible debauchery that makes someone forget all social, moral and religious conventions. In this book, a writer suffers an unbearably painful heartbreak and decides to leave everything behind (even his profession) to live in Pueblo Yéregui, a place he knows nothing about. There, he will try to learn something, discover the source of an inexplicable lust and unveil the mystery of the previous owner of the house he occupies. Lissardi knows what he does: with merciless irony he catches our attention, disrupts us, stirs our conscience and laughs at hypocrisy.

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