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"El mundo no necesita más canciones", María Eugenia Ludueña

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Los nueve cuentos que componen “El mundo no necesita más canciones” son muy distintos, pero a la vez tienen un hilo conductor. Podría decirse que estas historias abarcan todas las acepciones del término “desengaño”: conocimiento de la verdad con que se sale del engaño o error en que se estaba; palabra que se dice a alguien echándole en cara alguna falta; lecciones recibidas por experiencias amargas. María Eugenia Ludueña narra con sutileza dejando entrever las historias por medio de sentimientos, escenas irónicas, gestos e imágenes. Sus personajes se enfrentan a situaciones cotidianas actuales o de la historia argentina reciente que indefectiblemente cambiarán sus vidas para siempre. Traición, ingenuidad, vejez, dolor, amor… Ludueña hábilmente recurre a estas temáticas dejando que el lector, a quien le resulta casi imposible no identificarse con ellas, termine de unir las piezas de estas historias. Estas son las líneas con las que comienza “Instrucciones para despedirse”: Y llegará un día en que él se sentará delante de un cortado, en un bar. Cualquiera de los impersonales sobre avenida Santa Fe. Y es probable que no te mire a los ojos cuando te diga: —Creo que me estoy enamorando de Alejandra. Entonces, vas a decir: —Mirá vos. Edición: La Parte Maldita

The nine stories that make up “The world needs no more songs” are varied but have a guiding thread: the topic of disenchantment, i.e., the disappointment resulting from the discovery that someone or something you previously respected or admired is not as good as one believed it to be. Ludueña subtly lets us get a glimpse of her stories through feelings, gestures, images and ironic situations. Her characters face daily events or situations affected by Argentinian recent history. Betrayal, naivety, pain, love… Ludueña cleverly resorts to these topics letting the reader put the remaining pieces of the stories together. These are the opening lines of “Instructions to say goodbye”: And one day he will sit in front of an espresso in any of the impersonal cafes on Santa Fe avenue. He'll probably avoid looking at you when he says: —I think I love Alejandra. Then, you’ll say: —Of course you do.